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Michoacán, México

Michoacán, México

Los Escribidores

I.

- Don Jacinto, póngale ahí en la carta: “Rosalía, creo que es mejor cortar por lo sano…

Y Don Jacinto, después de chupar la punta de la pluma escribe: “Rosalía, sé que nuestras

diferencias abren un abismo enorme entre nosotros…

- … porque pa’ que nos hacemos tontos, me viste el otro día con la Fulgencia en la

feria…

…pero confío plenamente en que nuestro amor es fuerte como la roca…

- … así que si estás de acuerdo, nos decimos adiós pa’ siempre y ya lo que fue fue…

… y soportará los furiosos golpes de la vida…

- … y si no es mucho pedir mándame tu respuesta pos pa’ yo saber que esto se

acabó y la Fulgencia y yo nos podemos dejar ver sin peligro…

… y si tu me amas como yo a ti, regia inquilina de mi corazón, libérame del

angustioso tormento de la duda mandando una respuesta de tus tan dulces manos

a las mías…

- … porque la otra vez tu apá me soltó a los perros que me persiguieron hasta la

salida del pueblo, y no te quiero ni contar como me dejaron las canillas, toditas

mordidas y sangradas…

… siempre tuyo, dulce amor mío…

- … bueno, pos adiós Rosalía”. Y nomás eso, don Jacinto. ¿Lo escribió todo?

- Todo, muchacho. Así como tú me lo dictaste. Ahora fírmale aquí abajo, para que

ella sepa que va de tus manos.

Indalecio firma obediente al calce con un garabato mal hecho.

- ¿Y cuánto le debo don Jacinto?

- Dos pesos, muchacho.

- Pos ahí están. Y muchas gracias – le dice mientras recoge la carta-. Adiós, don

Jacinto.

- ¡Suerte con la señorita Rosalía! – le dice mientras Indalecio se aleja.

II.

- ¿Qué me escribió, doña Remedios? - pregunta ansiosa Rosalía.

Remedios lee en silencio la carta: “…pero confío plenamente en que nuestro amor es

fuerte como la roca…”. Alza la vista y mira con ojos entrecerrados a Rosalía, como

calándola. Y en voz alta le pregunta:

- ¿A ver Rosalía, y a ti te importa mucho este gañan de Indalecio?

- Claro doña Remedios, si nos queremos rete harto. No está usté pa’ saberlo ni yo

pa’ contarlo pero pos es muy amoroso – le contesta sonrojándose.

Si, Remedios ya sabía como era de querendón el Indalecio este. Lo había visto pasearse

con Fulgencia en la feria, en la plaza, en el ojo de agua caliente… Con Fulgencia, una de

esas muchachas de ocupación dudosa pero conocida habilidosa.

- A ver mija, y a ti no te suena de haberlo visto por ahí, por decir algo ¿en la feria?

- ¡Ay, doña Fulgencia! - le contesta angustiada -. Pues si, de nada sirve hacerme de

la vista gorda. ¡Va usté a creer que lo vi muy arrimado a la Fulgencia! Ahí los dos

compartiéndose un algodón de dulce muy sentados en la rueda de la fortuna, que

si un poquito pa’ ti que si otro poquito pa’ mi. Pero aquí entre nos doña Remedios,

es de lo menos pior que hay.

- Bueno en fin, tú sabrás. Te leo la carta. “Rosalía: bien sabes que en el mundo

nadie puede igualarte, eres joven, bella, de buena familia y mejor educación…

- Ay, mi Lencho… - suspira Rosalía.

- Espera muchacha, que todavía sigue: “…pero yo, que no soy tan bueno, es más,

soy medio bruto y holgazán, soy devoto de San Lunes y a veces San Martes, no

tengo donde caerme muerto y no soy asiduo al baño, creo que te mereces alguien

mejor que yo…”

- ¡Mi pobre Lencho! Sí es verdad que a veces huele un poquito a chivo y de los más

trabajadores pos no es, pero el primer paso es reconocer los defectos de uno

mismo, ¿no cree doña Remedios?

Doña Remedios respira profundo y pone los ojos en blanco, exasperada. Luego continúa

la lectura.

“En fin, soy tan poquita cosa, Rosalía, que incluso me conformo con la Fulgencia

que ya ves que esa a todo le entra. No te merezco, Rosalía, por eso mejor me

despido de ti deseándote que pronto encuentres alguien mejor que yo, que seguro

no la tendrás difícil. Te querrá por siempre, el Indalecio”.

- ¿Así puso? - pregunta incrédula Rosalía.

- Así mismito. Mira, aquí – le contesta doña Remedios, señalándole un párrafo en la

carta.

- ¡Ay, si será desgraciado! Y todavía lo reconoce el muy infeliz. ¿Y ahora que voy a

hacer, doña Remedios? ¡Me he quedado sola en el mundo!

- ¿Sola? ¿Una muchachita como tu, tan bonita, tan trabajadora, tan de buena

familia? Eso no, mija. Quién sabe, a lo mejor es tiempo de que le des entrada al

joven Agustín, el hijo del farmacéutico. ¿Que no te anda pretendiendo?

Doña Remedios muy bien sabía la respuesta, porque había visto como Agustín la miraba

con ojitos tiernos, y visitaba su casa con cualquier pretexto con tal de cruzar dos palabras

con ella.

- ¿Usté cree que yo le guste a Agustín, doña Remedios? – le pregunta secándose

las lágrimas con la puntita del chal.

- Que sí, mija, que sí. ¿Que no se te hace raro que en un mes le haya llevado a tu

papá cinco veces los frascos de la medicina que se toma? ¿Y que de esas cinco

veces se equivocó tres y luego volvió? Y para acabar pronto, ¿a quién del pueblo le

manda el estirado de don José María a su propio hijo a que le entregue las

medicinas?

- Pues sí doña Remedios, tiene usté razón – le contesta recomponiéndose. - Y sí el

Indalecio así lo quiere, le voy a dar entrada al Agustín. Ese sí va a gustarle a mi

apá. Gracias doña Remedios, ¿cuánto le debo?

- Nada mi niña, nada. Anda, ve con Dios. Y recuerda. Nada de Indalecio. ¡Na nay!

III.

- ¿Cómo te fue con la señorita Rosalía, Indalecio? - le preguntó Don Jacinto días

después cuando se encontraron en el mercado.

- Ande usté, ¡pos re mal! Con decirle que me tuve que atrincherar detrás del corral

de las gallinas, don Jacinto.

- Cómo está eso, a ver explícame.

- ¡Llegó hecha una furia! Hasta miedo me dio, parecía el mismísimo diablo, echando

espuma por la boca y con los ojos rojos como de conejo. Me iba gritando no sé qué

cosas de si yo y la Fulgencia. Le digo que me no sé qué cosas porque yo lo

primerito que hice cuando la vi fue correr, don Jacinto.

A cada nuevo detalle que Indalecio agregaba, Don Jacinto se turbaba más y más confuso

se quedaba.

- ¿Pero ella habrá leído la carta, Indalecio?

- Que si la leyó, don Jacinto, pos si la traía en una mano. Y con la otra me tiraba

piedras, bien grandotas, la desgraciada. Ahí fue cuando me atrincheré detrás del

corral.

- Sí, sí me imagino – le contestó distraído. - Pues no me lo explico.

- Cómo que no se lo explica, don Jacinto. Nadie en su sano juicio pierde este

mangazo y no lo sufre, ¿no cree usté? Lo único que lamento es la pérdida del

pobre gallo. Lo quise coger de escudo y… bueno, descubrí que los gallos no sirven

pa’ eso, don Jacinto. Las gallinas se me quedaron de luto, y ni un solo huevo han

puesto desde entonces. Pero el caldo estaba sabroso, eso sí. Bueno Don Jacinto,

me voy a terminar el mandado, que me está esperando mi amá.

- Pues no me lo explico… - se quedó don Jacinto hablando sólo en medio de la

plaza, rascándose la calva cabeza después de que Indalecio se fue.

IV.

Y la misma situación se repitió en muchas e inexplicables ocasiones, don Jacinto por un

lado tornaba las más agrias despedidas en bellas cartas de amor y por el otro lado y sin

que éste se enterara, doña Remedios las deshacía componiendo al leer las palabras

según su buen juicio. Tiempo después vinieron los esponsales de Rosalía y Agustín,

bodas estas magníficas donde no faltó nada: ni bebida, ni comida, ni música ni alma del

pueblo. Don Jacinto, después de tan sonados fracasos se había dado a la introspección (y

también un poco a la bebida) y paseaba meditabundo y sin mucho rumbo por el patio

donde se celebraba la boda. Se cruzó con la recién casada y la saludó distraído.

- Muchos días de estos, Rosaliíta.

- Qué amable es usté don Jacinto, muchas gracias. La verdad es que no podría

haber encontrado a nadie mejor que mi Agustín - le contestó sonrojándose.

- Si, si, ya veo. Todavía me acuerdo cuando tantos la pretendían, Rosaliíta.

- Bueno pos no tantos, Don Jacinto, nomás el Indalecio. La de cartas que me

mandó. Doña Remedios me las leía todas, hasta esa última donde me decía adiós

con tan malos modos.

Don Jacinto salió de su ensimismamiento.

- ¿Cómo que le decía adiós, Rosaliíta?

- Así como lo oye, don Jacinto. Fue la última carta que me envío. Pero bien lo ha de

saber usté, si el Indalecio no sabe escribir y mucho menor leer, seguro que usté se

la escribió. Aquella donde me confesaba lo de la Fulgencia y decía que cortáramos

por lo sano. Me acuerdo como si fuera ayer cuando doña Remedios me la leyó.

- Ah, así que doña Remedios se la leyó a usted, ¿eh? - una luz de revelación súbita

iluminó sus ojos.

- Si, doña Remedios. Ella siempre nos lee las cartas a mí y a las otras muchachas.

Con permiso don Jacinto, voy a saludar a los invitados que acaban de llegar.

- Pase usted. Así que Doña Remedios…

V.

Los dos adversarios se miran desde esquinas contrarias de la plaza, como midiendo

fuerzas los contrincantes que están a punto de enzarzarse en la lucha. Todo movimiento

sucede muy despacio. Doña Remedios, bien plantada, con el mentón levantado como

oliendo el aire, desafiante. Don Jacinto, levemente agazapado, con las rodillas

semiflexionadas, esperando saltar. La tensión se palpa en el aire. Vibra. Pero el momento

se rompe. Doña Remedios compone un gesto altivo y don Jacinto levanta el brazo, como

quitándole importancia. Ya se verán las caras en el siguiente asalto.

Vidas Cruzadas

Frodo estaba ya muy cansado de tanto subir y bajar montes rocosos y oler a azufre con el peso del anillo en el cuello. “No puedo más, Sam, me voy a sentar un rato”. Y haciendo esto se dejó caer y sacó de su mochilita de viaje un libro que relataba la historia de una chica que estaba sentada en un sofá. Mientras tanto, el detective Poirot caminaba en círculos su pequeña, pulcrísima y ordenada habitación. “¿Quién ha asesinado a la Sra. McGuinty?” Era la pregunta que le atenazaba. “Mon Dieu, será mejor que deje descansar las pequeñas células grises, si no pronto enloqueceré. ¡Alfred! Tráigame usted el librito que estoy leyendo, esa deliciosa novelita de la dama del sillón”. Al mismo tiempo, en una posada a las afueras de un pueblo de la Provenza francesa, los cuatro mejores espadachines de Su Majestad ríen y cantan haciendo chocar sus tarros de cervezas, con rollizas y alegres cortesanas sentadas en sus piernas. D´Artagnan se pone de pie y alzando la voz exclama: “¡Silencio, granujas! Que ahora voy a contarles una historia. Todo empezó una tarde, cuando una bella señorita se sentó en aquella sala, iluminada por una pálida luz…”. Al mismo tiempo un hombre duerme cuando el reloj de mesa da las doce de la noche y lo despierta el timbrazo del teléfono. Él levanta el auricular y una voz acariciante le pregunta: “¿Es usted Paul Auster? ¿De la Agencia de Detectives Auster? Es un asunto de la máxima urgencia. Necesito que investigue quién es la chica que está sentada en el sofá de esa habitación…”.

O no. Quizá me equivoco al narrar esto, y ninguno de ellos habla de la mujer sentada en el sofá. Más bien soy yo quien está en la habitación y leo acerca de todos ellos, y porqué sufren, y porqué ríen, y porqué viven y porque hacen lo que hacen. Soy yo la que vive múltiples vidas mientras estoy sentada en esta habitación, con un libro en la mano.

En Paz

No sé cómo llegué a esta casa. Mis recuerdos empiezan aquí, en este punto, o unos cuantos segundos atrás. Ni siquiera sé si es una casa en realidad. Sólo estoy seguro de la existencia de esta habitación, que bien podría estar flotando en medio del éter del universo. Estoy tendido sobre una cama, floja y gastada, desde donde puedo ver la puerta cerrada, a corta distancia. Tengo curiosidad de saber si hay alguien más ahí fuera pero no tengo fuerza ni voluntad para levantarme, así que me limito a conjeturar y suponer. Me he convencido de que detrás de la puerta hay más cuartos y viviendo en estos, otros habitantes. Lo sé porque a veces creo que los oigo hablar en susurros palabras aisladas que no distingo, y otras me parece que caminan de manera sigilosa por algún pasillo. Sé que el Sol aquí nunca se levanta y siempre es de noche; aunque existe un quinqué a poca distancia, la luz que irradia es blanda y adormece más que alumbra, y a veces disminuye hasta volverse imperceptible. Es cuando percibo que de pie y a mi lado en la cama se encuentra alguien y comienzo a hablar con él, por hacer algo diferente. No sé qué le digo ni qué me contesta pero estoy seguro que se queda ahí de pie toda la noche hablándome. O no, quizá nadie se encuentra a mi lado y solamente hablo conmigo mismo. ¿Qué lugar es este? He dejado de preguntármelo con angustia y ahora lo hago con una indiferencia curiosa. Si lo sé o no llegó a conocerlo nunca, poco me importa. Mientras pueda seguir acostado sobre esta cama, sin que nadie disturbe mi paz.

¡Feliz cumpleaños Juan Gris!

¡Feliz cumpleaños Juan Gris!

Magia

El mago se metió en la caja. Después desapareció. No él. Todo el mundo. Se quedó sólo en la Tierra.

Una carta sin remitente

  • - Quiere que le cuente algo curioso? – le preguntó un hombre a otro mientras subían juntos las escaleras de un edificio de apartamentos donde habitaba el primero.

     

    Siempre – le replicó su acompañante, sacudiendo una invisible mota de polvo del hombro de su saco.

    - ¿Se ha dado cuenta de que en la entrada del edificio se encuentran los buzones que corresponden a cada uno de los apartamentos? – el otro hombre asintió - Desde hace dos semanas comenzaron a aparecer en ellos unos extraños sobres, blancos y pequeños. Con destinatario, sin remitente, sin timbre postal. La primera semana llegaron tres, y a la siguiente, otras dos.

    - Interesante. Parece entonces que quien los envía también se encarga de entregarlos, ¿no es así? Pase usted, por favor - dijo cediéndole el paso en el rellano de la escalera.

    - Gracias. Así es. Alguien que conoce a los habitantes el edificio, probablemente, porque pone el nombre del destinatario.

    - ¿Y ha recibido usted alguno de estas misteriosas cartas?

    - Aún no – respondió el primero.

    - Pero algo más le inquieta, ¿o no?

    - Si. Es usted muy perspicaz. Todas las cartas fueron recogidas. Y desde entonces, no he vuelto a cruzarme con esos vecinos. Ignoro si aún viven en este edificio, pero lo dudo seriamente. Qué ha sido de ellos, no me lo explico.

    - Bah, coincidencias -la mano derecha al aire, quitándole importancia -. Pero he de admitir que el hecho es bastante llamativo.

    - Además, he de confesarle algo: no he podido resistir la curiosidad y notando que cada sobre se encuentra cerrado únicamente por tres tiras de cinta adhesiva, hace días tomé una que sobresalía del buzón y la abrí. Es más, – en tono confidencial – la tengo aquí mismo. ¿Quiere verla?

Y sin esperar respuesta sacó la carta de uno de los bolsillos interiores de su chaqueta y se la tendió al otro, mientras de detenían en el umbral de la puerta. Examinándola con atención, el otro hombre comenzó:

 

 - Papel de cuadrícula pequeña que sugiere una personalidad meticulosa y ordenada. Tomado de una libreta con resorte y cuidadosamente recortado por el borde: pulcritud y atención a los detalles. Escrita con una letra cursiva pequeña y apretada pero legible, por ambas caras con una extraña invitación a unirse a una secta religiosa. Y termina con un “si puedo ayudarle estoy a su entera disposición en la dirección tal y cual”.

- Curioso, ¿no le parece? – comentó el primer hombre.

- Mucho. Esta dedicación para escribir a mano tantas cartas como vecinos hay en este edificio, y vaya usted a saber si lo ha repetido en otros, sólo puede encontrarse o bien en un desempleado o en un obseso que dedica sus horas libres a tales “entretenimientos”. ¿Lo más probable? Un fanático religioso que conoce a los vecinos por lo menos de nombre.

- Continúe, por favor – le instó.

- Un hombre educado, se intuye por la claridad de su discurso y las referencias bíblicas al Apocalipsis que anota en las cartas; de buena familia, de trato agradable.

- La deducción resulta un poco inquietante – respondió el primer hombre, pensativo–. Por la descripción tan exacta que hace, pareciera que conoce usted muy bien al loco que envía estas cartas – dijo mientras abría la puerta de su apartamento dejando pasar al otro.

- Así es. Y usted también.

- ¿Y cómo puede ser posible? – inquirió asombrado.

- Porque está usted hablando con él – le respondió, con una mirada extraña en sus ojos – Por cierto, su correo.

Y mientras cerraba la puerta del apartamento, dejó caer sobre la mesa de la entrada una carta envuelta en un sobre blanco y pequeño, sin remitente.

Paranoia

- Últimamente me siento observado, como si todo el tiempo tuviera a alguien a mis espaldas - le dice una pieza de futbolito al vecino.

Michoacán, México

Michoacán, México

Los Escribidores

I.

- Don Jacinto, póngale ahí en la carta: “Rosalía, creo que es mejor cortar por lo sano…

Y Don Jacinto, después de chupar la punta de la pluma escribe: “Rosalía, sé que nuestras

diferencias abren un abismo enorme entre nosotros…

- … porque pa’ que nos hacemos tontos, me viste el otro día con la Fulgencia en la

feria…

…pero confío plenamente en que nuestro amor es fuerte como la roca…

- … así que si estás de acuerdo, nos decimos adiós pa’ siempre y ya lo que fue fue…

… y soportará los furiosos golpes de la vida…

- … y si no es mucho pedir mándame tu respuesta pos pa’ yo saber que esto se

acabó y la Fulgencia y yo nos podemos dejar ver sin peligro…

… y si tu me amas como yo a ti, regia inquilina de mi corazón, libérame del

angustioso tormento de la duda mandando una respuesta de tus tan dulces manos

a las mías…

- … porque la otra vez tu apá me soltó a los perros que me persiguieron hasta la

salida del pueblo, y no te quiero ni contar como me dejaron las canillas, toditas

mordidas y sangradas…

… siempre tuyo, dulce amor mío…

- … bueno, pos adiós Rosalía”. Y nomás eso, don Jacinto. ¿Lo escribió todo?

- Todo, muchacho. Así como tú me lo dictaste. Ahora fírmale aquí abajo, para que

ella sepa que va de tus manos.

Indalecio firma obediente al calce con un garabato mal hecho.

- ¿Y cuánto le debo don Jacinto?

- Dos pesos, muchacho.

- Pos ahí están. Y muchas gracias – le dice mientras recoge la carta-. Adiós, don

Jacinto.

- ¡Suerte con la señorita Rosalía! – le dice mientras Indalecio se aleja.

II.

- ¿Qué me escribió, doña Remedios? - pregunta ansiosa Rosalía.

Remedios lee en silencio la carta: “…pero confío plenamente en que nuestro amor es

fuerte como la roca…”. Alza la vista y mira con ojos entrecerrados a Rosalía, como

calándola. Y en voz alta le pregunta:

- ¿A ver Rosalía, y a ti te importa mucho este gañan de Indalecio?

- Claro doña Remedios, si nos queremos rete harto. No está usté pa’ saberlo ni yo

pa’ contarlo pero pos es muy amoroso – le contesta sonrojándose.

Si, Remedios ya sabía como era de querendón el Indalecio este. Lo había visto pasearse

con Fulgencia en la feria, en la plaza, en el ojo de agua caliente… Con Fulgencia, una de

esas muchachas de ocupación dudosa pero conocida habilidosa.

- A ver mija, y a ti no te suena de haberlo visto por ahí, por decir algo ¿en la feria?

- ¡Ay, doña Fulgencia! - le contesta angustiada -. Pues si, de nada sirve hacerme de

la vista gorda. ¡Va usté a creer que lo vi muy arrimado a la Fulgencia! Ahí los dos

compartiéndose un algodón de dulce muy sentados en la rueda de la fortuna, que

si un poquito pa’ ti que si otro poquito pa’ mi. Pero aquí entre nos doña Remedios,

es de lo menos pior que hay.

- Bueno en fin, tú sabrás. Te leo la carta. “Rosalía: bien sabes que en el mundo

nadie puede igualarte, eres joven, bella, de buena familia y mejor educación…

- Ay, mi Lencho… - suspira Rosalía.

- Espera muchacha, que todavía sigue: “…pero yo, que no soy tan bueno, es más,

soy medio bruto y holgazán, soy devoto de San Lunes y a veces San Martes, no

tengo donde caerme muerto y no soy asiduo al baño, creo que te mereces alguien

mejor que yo…”

- ¡Mi pobre Lencho! Sí es verdad que a veces huele un poquito a chivo y de los más

trabajadores pos no es, pero el primer paso es reconocer los defectos de uno

mismo, ¿no cree doña Remedios?

Doña Remedios respira profundo y pone los ojos en blanco, exasperada. Luego continúa

la lectura.

“En fin, soy tan poquita cosa, Rosalía, que incluso me conformo con la Fulgencia

que ya ves que esa a todo le entra. No te merezco, Rosalía, por eso mejor me

despido de ti deseándote que pronto encuentres alguien mejor que yo, que seguro

no la tendrás difícil. Te querrá por siempre, el Indalecio”.

- ¿Así puso? - pregunta incrédula Rosalía.

- Así mismito. Mira, aquí – le contesta doña Remedios, señalándole un párrafo en la

carta.

- ¡Ay, si será desgraciado! Y todavía lo reconoce el muy infeliz. ¿Y ahora que voy a

hacer, doña Remedios? ¡Me he quedado sola en el mundo!

- ¿Sola? ¿Una muchachita como tu, tan bonita, tan trabajadora, tan de buena

familia? Eso no, mija. Quién sabe, a lo mejor es tiempo de que le des entrada al

joven Agustín, el hijo del farmacéutico. ¿Que no te anda pretendiendo?

Doña Remedios muy bien sabía la respuesta, porque había visto como Agustín la miraba

con ojitos tiernos, y visitaba su casa con cualquier pretexto con tal de cruzar dos palabras

con ella.

- ¿Usté cree que yo le guste a Agustín, doña Remedios? – le pregunta secándose

las lágrimas con la puntita del chal.

- Que sí, mija, que sí. ¿Que no se te hace raro que en un mes le haya llevado a tu

papá cinco veces los frascos de la medicina que se toma? ¿Y que de esas cinco

veces se equivocó tres y luego volvió? Y para acabar pronto, ¿a quién del pueblo le

manda el estirado de don José María a su propio hijo a que le entregue las

medicinas?

- Pues sí doña Remedios, tiene usté razón – le contesta recomponiéndose. - Y sí el

Indalecio así lo quiere, le voy a dar entrada al Agustín. Ese sí va a gustarle a mi

apá. Gracias doña Remedios, ¿cuánto le debo?

- Nada mi niña, nada. Anda, ve con Dios. Y recuerda. Nada de Indalecio. ¡Na nay!

III.

- ¿Cómo te fue con la señorita Rosalía, Indalecio? - le preguntó Don Jacinto días

después cuando se encontraron en el mercado.

- Ande usté, ¡pos re mal! Con decirle que me tuve que atrincherar detrás del corral

de las gallinas, don Jacinto.

- Cómo está eso, a ver explícame.

- ¡Llegó hecha una furia! Hasta miedo me dio, parecía el mismísimo diablo, echando

espuma por la boca y con los ojos rojos como de conejo. Me iba gritando no sé qué

cosas de si yo y la Fulgencia. Le digo que me no sé qué cosas porque yo lo

primerito que hice cuando la vi fue correr, don Jacinto.

A cada nuevo detalle que Indalecio agregaba, Don Jacinto se turbaba más y más confuso

se quedaba.

- ¿Pero ella habrá leído la carta, Indalecio?

- Que si la leyó, don Jacinto, pos si la traía en una mano. Y con la otra me tiraba

piedras, bien grandotas, la desgraciada. Ahí fue cuando me atrincheré detrás del

corral.

- Sí, sí me imagino – le contestó distraído. - Pues no me lo explico.

- Cómo que no se lo explica, don Jacinto. Nadie en su sano juicio pierde este

mangazo y no lo sufre, ¿no cree usté? Lo único que lamento es la pérdida del

pobre gallo. Lo quise coger de escudo y… bueno, descubrí que los gallos no sirven

pa’ eso, don Jacinto. Las gallinas se me quedaron de luto, y ni un solo huevo han

puesto desde entonces. Pero el caldo estaba sabroso, eso sí. Bueno Don Jacinto,

me voy a terminar el mandado, que me está esperando mi amá.

- Pues no me lo explico… - se quedó don Jacinto hablando sólo en medio de la

plaza, rascándose la calva cabeza después de que Indalecio se fue.

IV.

Y la misma situación se repitió en muchas e inexplicables ocasiones, don Jacinto por un

lado tornaba las más agrias despedidas en bellas cartas de amor y por el otro lado y sin

que éste se enterara, doña Remedios las deshacía componiendo al leer las palabras

según su buen juicio. Tiempo después vinieron los esponsales de Rosalía y Agustín,

bodas estas magníficas donde no faltó nada: ni bebida, ni comida, ni música ni alma del

pueblo. Don Jacinto, después de tan sonados fracasos se había dado a la introspección (y

también un poco a la bebida) y paseaba meditabundo y sin mucho rumbo por el patio

donde se celebraba la boda. Se cruzó con la recién casada y la saludó distraído.

- Muchos días de estos, Rosaliíta.

- Qué amable es usté don Jacinto, muchas gracias. La verdad es que no podría

haber encontrado a nadie mejor que mi Agustín - le contestó sonrojándose.

- Si, si, ya veo. Todavía me acuerdo cuando tantos la pretendían, Rosaliíta.

- Bueno pos no tantos, Don Jacinto, nomás el Indalecio. La de cartas que me

mandó. Doña Remedios me las leía todas, hasta esa última donde me decía adiós

con tan malos modos.

Don Jacinto salió de su ensimismamiento.

- ¿Cómo que le decía adiós, Rosaliíta?

- Así como lo oye, don Jacinto. Fue la última carta que me envío. Pero bien lo ha de

saber usté, si el Indalecio no sabe escribir y mucho menor leer, seguro que usté se

la escribió. Aquella donde me confesaba lo de la Fulgencia y decía que cortáramos

por lo sano. Me acuerdo como si fuera ayer cuando doña Remedios me la leyó.

- Ah, así que doña Remedios se la leyó a usted, ¿eh? - una luz de revelación súbita

iluminó sus ojos.

- Si, doña Remedios. Ella siempre nos lee las cartas a mí y a las otras muchachas.

Con permiso don Jacinto, voy a saludar a los invitados que acaban de llegar.

- Pase usted. Así que Doña Remedios…

V.

Los dos adversarios se miran desde esquinas contrarias de la plaza, como midiendo

fuerzas los contrincantes que están a punto de enzarzarse en la lucha. Todo movimiento

sucede muy despacio. Doña Remedios, bien plantada, con el mentón levantado como

oliendo el aire, desafiante. Don Jacinto, levemente agazapado, con las rodillas

semiflexionadas, esperando saltar. La tensión se palpa en el aire. Vibra. Pero el momento

se rompe. Doña Remedios compone un gesto altivo y don Jacinto levanta el brazo, como

quitándole importancia. Ya se verán las caras en el siguiente asalto.

Vidas Cruzadas

Frodo estaba ya muy cansado de tanto subir y bajar montes rocosos y oler a azufre con el peso del anillo en el cuello. “No puedo más, Sam, me voy a sentar un rato”. Y haciendo esto se dejó caer y sacó de su mochilita de viaje un libro que relataba la historia de una chica que estaba sentada en un sofá. Mientras tanto, el detective Poirot caminaba en círculos su pequeña, pulcrísima y ordenada habitación. “¿Quién ha asesinado a la Sra. McGuinty?” Era la pregunta que le atenazaba. “Mon Dieu, será mejor que deje descansar las pequeñas células grises, si no pronto enloqueceré. ¡Alfred! Tráigame usted el librito que estoy leyendo, esa deliciosa novelita de la dama del sillón”. Al mismo tiempo, en una posada a las afueras de un pueblo de la Provenza francesa, los cuatro mejores espadachines de Su Majestad ríen y cantan haciendo chocar sus tarros de cervezas, con rollizas y alegres cortesanas sentadas en sus piernas. D´Artagnan se pone de pie y alzando la voz exclama: “¡Silencio, granujas! Que ahora voy a contarles una historia. Todo empezó una tarde, cuando una bella señorita se sentó en aquella sala, iluminada por una pálida luz…”. Al mismo tiempo un hombre duerme cuando el reloj de mesa da las doce de la noche y lo despierta el timbrazo del teléfono. Él levanta el auricular y una voz acariciante le pregunta: “¿Es usted Paul Auster? ¿De la Agencia de Detectives Auster? Es un asunto de la máxima urgencia. Necesito que investigue quién es la chica que está sentada en el sofá de esa habitación…”.

O no. Quizá me equivoco al narrar esto, y ninguno de ellos habla de la mujer sentada en el sofá. Más bien soy yo quien está en la habitación y leo acerca de todos ellos, y porqué sufren, y porqué ríen, y porqué viven y porque hacen lo que hacen. Soy yo la que vive múltiples vidas mientras estoy sentada en esta habitación, con un libro en la mano.

En Paz

No sé cómo llegué a esta casa. Mis recuerdos empiezan aquí, en este punto, o unos cuantos segundos atrás. Ni siquiera sé si es una casa en realidad. Sólo estoy seguro de la existencia de esta habitación, que bien podría estar flotando en medio del éter del universo. Estoy tendido sobre una cama, floja y gastada, desde donde puedo ver la puerta cerrada, a corta distancia. Tengo curiosidad de saber si hay alguien más ahí fuera pero no tengo fuerza ni voluntad para levantarme, así que me limito a conjeturar y suponer. Me he convencido de que detrás de la puerta hay más cuartos y viviendo en estos, otros habitantes. Lo sé porque a veces creo que los oigo hablar en susurros palabras aisladas que no distingo, y otras me parece que caminan de manera sigilosa por algún pasillo. Sé que el Sol aquí nunca se levanta y siempre es de noche; aunque existe un quinqué a poca distancia, la luz que irradia es blanda y adormece más que alumbra, y a veces disminuye hasta volverse imperceptible. Es cuando percibo que de pie y a mi lado en la cama se encuentra alguien y comienzo a hablar con él, por hacer algo diferente. No sé qué le digo ni qué me contesta pero estoy seguro que se queda ahí de pie toda la noche hablándome. O no, quizá nadie se encuentra a mi lado y solamente hablo conmigo mismo. ¿Qué lugar es este? He dejado de preguntármelo con angustia y ahora lo hago con una indiferencia curiosa. Si lo sé o no llegó a conocerlo nunca, poco me importa. Mientras pueda seguir acostado sobre esta cama, sin que nadie disturbe mi paz.

¡Feliz cumpleaños Juan Gris!

¡Feliz cumpleaños Juan Gris!

Magia

El mago se metió en la caja. Después desapareció. No él. Todo el mundo. Se quedó sólo en la Tierra.

Una carta sin remitente

  • - Quiere que le cuente algo curioso? – le preguntó un hombre a otro mientras subían juntos las escaleras de un edificio de apartamentos donde habitaba el primero.

     

    Siempre – le replicó su acompañante, sacudiendo una invisible mota de polvo del hombro de su saco.

    - ¿Se ha dado cuenta de que en la entrada del edificio se encuentran los buzones que corresponden a cada uno de los apartamentos? – el otro hombre asintió - Desde hace dos semanas comenzaron a aparecer en ellos unos extraños sobres, blancos y pequeños. Con destinatario, sin remitente, sin timbre postal. La primera semana llegaron tres, y a la siguiente, otras dos.

    - Interesante. Parece entonces que quien los envía también se encarga de entregarlos, ¿no es así? Pase usted, por favor - dijo cediéndole el paso en el rellano de la escalera.

    - Gracias. Así es. Alguien que conoce a los habitantes el edificio, probablemente, porque pone el nombre del destinatario.

    - ¿Y ha recibido usted alguno de estas misteriosas cartas?

    - Aún no – respondió el primero.

    - Pero algo más le inquieta, ¿o no?

    - Si. Es usted muy perspicaz. Todas las cartas fueron recogidas. Y desde entonces, no he vuelto a cruzarme con esos vecinos. Ignoro si aún viven en este edificio, pero lo dudo seriamente. Qué ha sido de ellos, no me lo explico.

    - Bah, coincidencias -la mano derecha al aire, quitándole importancia -. Pero he de admitir que el hecho es bastante llamativo.

    - Además, he de confesarle algo: no he podido resistir la curiosidad y notando que cada sobre se encuentra cerrado únicamente por tres tiras de cinta adhesiva, hace días tomé una que sobresalía del buzón y la abrí. Es más, – en tono confidencial – la tengo aquí mismo. ¿Quiere verla?

Y sin esperar respuesta sacó la carta de uno de los bolsillos interiores de su chaqueta y se la tendió al otro, mientras de detenían en el umbral de la puerta. Examinándola con atención, el otro hombre comenzó:

 

 - Papel de cuadrícula pequeña que sugiere una personalidad meticulosa y ordenada. Tomado de una libreta con resorte y cuidadosamente recortado por el borde: pulcritud y atención a los detalles. Escrita con una letra cursiva pequeña y apretada pero legible, por ambas caras con una extraña invitación a unirse a una secta religiosa. Y termina con un “si puedo ayudarle estoy a su entera disposición en la dirección tal y cual”.

- Curioso, ¿no le parece? – comentó el primer hombre.

- Mucho. Esta dedicación para escribir a mano tantas cartas como vecinos hay en este edificio, y vaya usted a saber si lo ha repetido en otros, sólo puede encontrarse o bien en un desempleado o en un obseso que dedica sus horas libres a tales “entretenimientos”. ¿Lo más probable? Un fanático religioso que conoce a los vecinos por lo menos de nombre.

- Continúe, por favor – le instó.

- Un hombre educado, se intuye por la claridad de su discurso y las referencias bíblicas al Apocalipsis que anota en las cartas; de buena familia, de trato agradable.

- La deducción resulta un poco inquietante – respondió el primer hombre, pensativo–. Por la descripción tan exacta que hace, pareciera que conoce usted muy bien al loco que envía estas cartas – dijo mientras abría la puerta de su apartamento dejando pasar al otro.

- Así es. Y usted también.

- ¿Y cómo puede ser posible? – inquirió asombrado.

- Porque está usted hablando con él – le respondió, con una mirada extraña en sus ojos – Por cierto, su correo.

Y mientras cerraba la puerta del apartamento, dejó caer sobre la mesa de la entrada una carta envuelta en un sobre blanco y pequeño, sin remitente.

Paranoia

- Últimamente me siento observado, como si todo el tiempo tuviera a alguien a mis espaldas - le dice una pieza de futbolito al vecino.

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